¿Por qué no es suficiente tener un buen expediente académico?

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En el mundo hay más de 80 millones de estudiantes universitarios y unos 3,5 millones de personas que se ocupan de ellos; incluyendo, por supuesto, a los profesores. El Banco Mundial calcula que el gasto total en educación superior llega a los 300.000 millones de dólares al año, lo que representa el 1% de la producción económica mundial. La educación superior se está convirtiendo rápidamente en una aspiración universal y la transformación de la universidad de élites en universidad de masas ha impuesto y sigue imponiendo cambios fundamentales en las instituciones educativas.

En los países miembros de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE), el porcentaje de adultos licenciados casi se ha duplicado en el periodo entre 1975 y 2000, al pasar del 22% al 41%. El 41,1% de los jóvenes españoles entre 25 y 34 años tiene una titulación superior. Sin embargo, según el Informe Estrategia de competencias de la OCDE, España tiene muy pocos titulados universitarios con las competencias necesarias para satisfacer las demandas del mercado laboral.

En España el Libro Blanco de la Educación de 1969 señalaba que los principales problemas de los métodos de docencia universitaria se encontraban en el exceso de memorización, el predominio de las clases magistrales y el escaso contenido práctico. Bueno, el caso es que tenemos los mismos problemas 47 años después.

Estudiantes que no saben hablar en público

En los recién graduados existe un grave déficit en lo que se refiere a las capacidades de trabajo bajo presión, de negociación, planificación, organización y coordinación, problem solving y oratoria. Los modelos de enseñanza tradicionales no contemplan -o lo hacen de forma marginal- la adquisición de competencias fundamentales tales como el hablar en público, la organización o el trabajo en equipo. En cambio, el mundo laboral cada vez necesita más de estas skills particulares. La rapidez y volatilidad que caracterizan el mundo actual, y especialmente el de la empresa, imposibilitan la puesta al día a tiempo de los modelos de educación universitarios. El cambio del mundo laboral va mucho más rápido que la adaptación de planes de estudio, métodos docentes y estructura universitaria.

Según los resultados del proyecto Cheers (Career after Higher Education: a European Research Study) del año 2000, en el que se analizaba la transición de los jóvenes universitarios europeos al mercado laboral, en los estudiantes españoles destacaba la capacidad para el aprendizaje, la habilidad para concentrarse, la lealtad y honestidad y la capacidad de trabajar de forma independiente. En cambio, se evidenciaban graves lagunas en las capacidades de negociación y comprensión de sistemas sociales, visión económica y liderazgo.

El título universitario sigue siendo una garantía parcial de empleo. Según Eurostat, para las personas entre los 25 y los 64 años la tasa de empleo de los titulares de un diploma universitario en la UE-28 fue en 204 del 83,7%, muy superior a la tasa de empleo de la población con un nivel de educación primaria (52,6%) o secundaria (73,4%).

Llegar al mercado laboral con expectativas poco realistas

En España, sin embargo, este porcentaje es del 77,2%, el más bajo entre todos los países de la Unión, sólo por delante de Grecia. Encontrar un empleo saliendo de la facultad, además, ya no significa “tener la vida solucionada”. En España (y en gran parte de Europa) la mayoría de los estudiantes desconoce qué aspiraciones salariales y de empleo debería tener al finalizar sus estudios. Por tanto, muchos de ellos llegan al mercado laboral con expectativas poco realistas, algo que a menudo acaba generando frustración y desánimo, todo lo contrario que debería sentir un joven con todo el futuro en las manos.

Esta frustración sucede también por la desactualización y la falta de sincronía entre el mundo de la empresa y el mundo universitario. Por ejemplo, pocas instituciones educativas dan consejos prácticos a sus alumnos sobre cómo formular un currículum vitae. Además, habría que intervenir antes de que los jóvenes empiecen sus estudios universitarios, ya que muchos optan por una determinada carrera sin saber de qué trabajarán una vez graduados. La formación hacia el mercado laboral tendría que entrar con fuerza ya en el bachillerato.

Es preciso que los estudiantes reciban nociones actualizadas constantemente sobre cómo funcionan los procesos de selección de personal. Esto les permitiría evitar errores muy frecuentes en su currículum vitae o en las entrevistas de trabajo, elementos que a menudo representan una muralla y un factor de grave frustración. Finalmente, trabajar en algo relacionado con las perspectivas de la carrera durante los estudios es casi imprescindible, tanto a nivel de desarrollo personal, como para garantizarse una mejor acogida en los futuros procesos de selección. La vinculación entre empresa y universidad debe de estrecharse cada vez más. Las prácticas deben ser aprovechadas como una etapa esencial en el proceso de formación y evaluación y hay que favorecer a las empresas que apuestan por la formación interna y a largo plazo de los jóvenes profesionales.

Los EEUU, pioneros en adaptación de la universidad al mundo laboral

En los EE.UU. la presencia de las principales marcas privadas en los patios de las facultades es una constante muy consolidada, así como las campañas publicitarias para reclutar los mejores estudiantes tanto del país como del extranjero. Los Estados Unidos han sido, de hecho, los pioneros en el arte de crear vínculos entre las universidades y las empresas, y las escuelas ganan cada año más de mil millones de dólares gracias a las patentes producidas.

De acuerdo con una encuesta realizada por The Economist, Europa está tratando de mejorar el sistema universitario, pero lo hace, por lo general, con escasa convicción y demasiado tarde. El Viejo Continente ha avanzado poco o nada en la introducción de cambios realistas, en librar las universidades de las garras del control gubernamental y en la concentración de la investigación en las universidades de élite.

De hecho, según el diario inglés, el problema básico del sistema universitario es el mismo en toda Europa: un control estatal excesivo y escasa libertad para administrar los asuntos económicos. Los gobiernos han obligado a las universidades a educar masas de estudiantes, buscando sobre todo el ahorro y el rendimiento mínimo, y les han quitado dos libertades indispensables para competir en el mercado internacional: la posibilidad de seleccionar a sus estudiantes y de pagar a los profesores de acuerdo con parámetros de mercado equivalentes a la importancia del trabajo realizado, tal y como se hace en las empresas.

Si es cierto que la universidad, como parte del sistema educativo, no debe ponerse como único objetivo el de formar a nuevos trabajadores, si no que tiene que ocuparse de la formación integral de la persona, también es vital que llegue a ofrecer las mejores herramientas para que el desarrollo personal coincida o se acompañe con el laboral.

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