¿Han tocado techo las políticas de estímulo de la economía?

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Más allá de las turbulencias y volatilidad aparecidas en los mercados financieros en los últimos meses, existe una cierta sensación de que la crisis económica y financiera iniciada a finales de 2008, con su recaída de 2011, todavía no se ha superado. Y eso que el crecimiento económico, sin ser boyante, es aceptable en buena parte de las economías e, incluso, bueno en muchas otras. Los datos del FMI para el periodo 2014-2017, ambos años inclusive, recogen un crecimiento mundial global de alrededor del 3,5%; una tasa que se sitúa en la media de los últimos decenios.

En los mercados desarrollados el crecimiento previsto en el mencionado periodo se coloca alrededor del 2%, mientras que en los emergentes las tasas del crecimiento van del 4% al 4,5%. Datos razonables que, sin embargo, dan lugar a incertidumbres, inseguridades y, en general, una buena dosis de falta de confianza sobre la evolución futura de la economía.

Numerosos artículos y análisis han tratado este asunto en los últimos meses. Hay teorías para todos los gustos pero hay una cierta coincidencia en el agotamiento de los instrumentos para el estímulo de la demanda como vía para lograr un crecimiento robusto y sostenido en el tiempo. Los Estados se han endeudado sobremanera desde el 2007 y, a pesar de los recortes y las políticas para controlar los déficits, la deuda sigue creciendo.

En Estados Unidos la deuda pública ha pasado del 64% del PIB en 2007 a situarse por encima del 100%, mientras que en el caso de la UE ha pasado del 58,9% del 2007 al 93% de mediados del año pasado. El año pasado el Banco Mundial y McKinsey elaboraron un estudio que decía que la deuda mundial de empresas, familias y Estados había pasado del 269% del PIB en 2007 al 286% a finales de 2014. Y, paradojalmente, dentro de un proceso general de recortes y reducción de deuda de particulares y empresas, como mínimo en los países desarrollados. Es decir, poco estímulo podemos realizar ya por esta vía si no queremos generar unos números rojos difícilmente retornables.

Afrontar reformas estructurales, una asignatura pendiente

La otra gran palanca general de estímulo económico, la monetaria, se encuentra ya pasada de rosca. Al inicio de la crisis los bancos centrales llevaron el precio del dinero al 0% para, acto seguido, iniciar políticas monetarias heterodoxas como inyecciones masivas para la banca o compra directa de deuda –en su mayor parte pública pero también corporativa– en los mercados, entre otras medidas. Aún se espera una intensificación de estas políticas, de forma inminente por parte del BCE, pese a las cada vez mayor número de voces que sostienen que ya son contraproducentes. En definitiva, esta vía parece ya agotada o con poco recorrido.

Ante este escenario sería francamente difícil combatir cualquier nuevo imprevisto, ya sea una desaceleración o recesión. Y esa es la principal preocupación del mundo económico: la ausencia ya de herramientas para combatir un deterioro del ciclo. “La mayoría de los gobiernos disponen hoy de una escasa o nula capacidad para impulsar la actividad vía déficit y deuda pública, mientras que la mayoría de los bancos centrales han abusado de su instrumentación monetaria, y ampliar el quantitative easing tendría ya muy poca credibilidad”, escribía a finales del año pasado Juan José Toribio, profesor de la escuela de negocios Iese.

Llegados a este punto, sólo quedaría una nueva ronda de reformas estructurales; esas que siempre reclaman los banqueros centrales cuando dan un poco de aire, o mucho, con sus políticas expansivas. Reformas que no son fáciles de aplicar y cuyos resultados acostumbran a llegar a largo plazo, difícilmente de forma inmediata.

Además, la situación política actual en muchos países no parece la mejor para aprobar este tipo de cambios, después de años de recortes presupuestarios y de un aumento palpable de las desigualdades sociales en la actual coyuntura económica. “Puede que el principal legado de la crisis –envenenado, por cierto– haya consistido, precisamente, en dejar casi agotados los instrumentos tradicionales para impulsar la demanda agregada. En su ausencia, cualquier posible recesión pondría en primer plano la necesidad de olvidar la demanda y de abordar seriamente los problemas de la oferta por medio de reformas estructurales muy profundas”, concluía el profesor Toribio en el mencionado artículo.

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