El petróleo y la Bolsa: ¿una relación complicada?

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El inicio de 2016 no ha dejado indiferente a nadie. Un gran número de inversores lo consideran catastrófico; muchos analistas, sorprendente; y múltiples políticos, desconcertante. Los grandes protagonistas han sido el precio del petróleo y la evolución de las principales Bolsas mundiales. Y ambos por el mismo motivo: una gran caída. No obstante, como si fuera una película, también han existido actores secundarios. La mayoría con una participación marginal, excepto uno que promete en los próximos meses convertirse en protagonista absoluto: China.

La sorpresa no ha sido que hayan bajado, sino que lo hayan hecho tanto en tan poco tiempo. Así, entre el 1 y el 20 de enero, el precio del barril Brent disminuyó un 25,2%, pasando de 37,28 dólares a 27,88 dólares. En el mismo período, las Bolsas más importantes del mundo se dejaron alrededor de un 10%. Es el caso de los índices Standard & Poor’s 500 (EE.UU.), Eurostoxx 50 (zona euro) o Nikkei 225 (Japón) con disminuciones del 9,03%, 11,78% y 13,75%, respectivamente.

Ambas caídas, de gran calado y en tan corto período de tiempo, han llevado a pensar a numerosos inversores y economistas que una ha sido consecuencia de la otra. En concreto, muchos de ellos creen que las Bolsas han bajado porque el precio del petróleo ha disminuido. Una opinión mayoritariamente compartida por los periodistas. Así, durante el mes de enero, ha sido frecuente encontrarse en la prensa escrita titulares como éste: “nuevo derrumbe de las Bolsas internacionales por la caída del precio del petróleo”.

La bajada del precio del petróleo afecta a las importaciones

Aunque a priori no lo parezca, dicha creencia es completamente errónea. El motivo es que un menor precio del crudo ha supuesto históricamente para la mayoría de los países desarrollados un incremento del PIB y una reducción de los tipos de interés, no existiendo en los últimos años ningún motivo que haya llevado a cambiar tal relación. Una combinación a la que a medio plazo sus Bolsas responden casi siempre de la misma manera: subiendo. Y bastantes veces no poco, sino mucho.

Al ser la mayor parte de los países avanzados importadores de la principal materia prima de la economía mundial, una disminución de su precio supone una reducción de las importaciones, un aumento del gasto de las familias y un incremento de la inversión de las empresas. Todas estas partidas, por si solas y también en conjunto, impulsan el crecimiento de su PIB. Por otra parte, la caída del precio de sus derivados (gasolina, gasóleo, butano, etc.) permite reducir significativamente la tasa de inflación y hace posible que el correspondiente Banco central baje su tipo de interés de referencia. Un aspecto que desincentiva a invertir en renta fija y hace más atractiva la Bolsa.

En la actualidad, dicho tipo de interés en la zona euro se sitúa en el 0,05% y, por tanto, es imposible que baje significativamente. No obstante, es probable que la nueva coyuntura económica lleve en los próximos meses al BCE a cobrar más, en lugar de pagar como usualmente hacía, por el capital que los bancos depositan en él. Así, no sería nada extraño ver pasar la facilidad de depósito del – 0,3% al -0,4% o incluso a un número menor a éste. Un movimiento que llevaría a los bancos a retribuir aún menos a los depósitos y les incentivaría a incrementar en mayor medida el crédito. Sin duda, dos aspectos beneficiosos para la renta variable.

China es la culpable de la caída de las Bolsas

Por el contrario, la Bolsa suele bajar y mucho, cuando el precio del crudo se dispara al alza y genera una elevada subida de la tasa de inflación. El incremento del precio del petróleo supone una menor demanda exterior y el del tipo de interés, una disminución de la interior. Por tanto, en numerosas ocasiones el PIB cae y los capitales, dados unos tipos de interés muy atractivos, prefieren la seguridad (renta fija) al riesgo (renta variable). Un ejemplo es lo que sucedió en la primera crisis del petróleo (1973 – 74). En dicho período, el crudo exportado por la OPEP pasó de un precio medio de 2,3 $ por barril en 1973 a 11 $ en 1974. Por su parte, el Dow Jones bajó un 16,6% y un 27,5%, respectivamente.

Entonces, si la caída de las principales Bolsas mundiales no se debe esencialmente a la gran bajada del precio del petróleo, ¿quién es el culpable? La respuesta es clara: China. En concreto, las decepcionantes expectativas que transmite su economía. Aunque en 2015 el incremento de su PIB fue del 6,9%, ésta es la cifra más reducida de los últimos 25 años. Una muestra más, ahora ya preocupante, de la continuada desaceleración que su economía sufre desde 2010, ejercicio en el que su crecimiento fue del 10,6%.

Ésta es principalmente consecuencia de los problemas generados por el cambio del modelo económico acontecido durante los últimos años. El propósito del gobierno era sustituir uno basado esencialmente en la exportación, debido a su progresivo agotamiento, por otro sustentado en la demanda interna. En concreto, la pretensión consistía en relevar como principales motores del PIB a las exportaciones, la industria pesada y la inversión pública por el gasto de las familias, el sector servicios y la inversión privada.

Las Bolsas descuentan una gran depreciación del yuan

Las desalentadoras expectativas sobre el futuro económico de China han generado dos grandes repercusiones sobre la economía mundial: una gran bajada del precio del petróleo y de las principales Bolsa mundiales. Ambos resultados tienen la misma causa, pero ninguno de ellos ha generado el otro. Por un lado, la desaceleración económica del país asiático ha provocado un menor incremento de la demanda de petróleo en una coyuntura donde la oferta ha aumentado en una considerable medida. El resultado ha sido una gran caída del precio del crudo. Por el otro, instaura el temor de que China abandone en los próximos meses el nuevo modelo de crecimiento económico y vuelva al antiguo. Para recuperar la competitividad perdida en los últimos años, tanto por el significativo aumento de sus costes laborales como por la disminución advertida en determinados países desarrollados, las Bolsas han empezado a descontar una gran depreciación del yuan.

Si así sucede es muy probable que la mayoría de los países del Sudeste asiático y de América Latina también deprecien su moneda respecto a las de los desarrollados. Un aspecto que supondrá que los países emergentes, a través del movimiento de su tipo de cambio, desplacen demanda de bienes y servicios desde los desarrollados hacia ellos. El resultado sería un menor crecimiento de los países avanzados y la posibilidad de que una nueva crisis volviera a caer sobre ellos. Dada esta sombría expectativa, los inversores han optado por reducir riesgo y vender masivamente acciones. El resultado ha sido un gran caída de las cotizaciones de numerosas empresas.

En resumen, en los primeros días del mes de enero las malas expectativas económicas sobre China llevaron al precio del petróleo al nivel más bajo desde 2003 y a las principales Bolsas mundiales a una de las caídas más espectaculares en el inicio de un nuevo año. No obstante, si la desaceleración del país asiático es más lenta de lo previsto, no devalúa en una elevada medida su moneda y los principales Bancos centrales (especialmente el BCE) logran que incrementen el crédito a familias y empresas, al final del año las caídas bursátiles de principio del mismo habrán quedado simplemente en un susto del que ya casi nadie se acordará.

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