El mercado de trabajo y el declive de las clases medias

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El debate sobre el declive de las clases medias y el crecimiento de la desigualdad y las enormes consecuencias políticas y sociales que estos fenómenos tienen en Europa y en Estados Unidos ya hace tiempo que ocupa no solo las portadas de los medios de comunicación, sino también la primera línea de las agendas de investigación de los economistas académicos.

El mercado de trabajo es uno de los lugares obvios donde los investigadores buscan claves explicativas para un fenómeno tan complejo. Del examen de lo que ha pasado en los últimos veinticinco años en el mercado de trabajo de los países de la OCDE sobresale un hecho: el porcentaje de lugares de trabajo correspondientes a cualificaciones y sueldos intermedios (administrativos y trabajadores de la manufactura, por ejemplo) ha disminuido considerablemente, mientras que el correspondiente a las cualificaciones y sueldos elevados (ingenieros y médicos) o bajos (cuidadores de personas y personal de limpieza) ha aumentado en la misma proporción. Es lo que algunos han denominado polarización ocupacional: la distribución de puestos de trabajo se concentra en los dos extremos de la escala de salarios, mientras que progresivamente van desapareciendo los puestos de trabajo en las zonas intermedias.

Evidentemente, esto no favorece en nada la igualdad de la distribución de la renta. La crisis económica no ha hecho más que agudizar esta tendencia estructural, dado que la franja intermedia del empleo es donde se ha producido la mayor destrucción de puestos de trabajo y, en el caso de los países que han conseguido iniciar la creación de empleo de forma significativa, esta se ha concentrado en los tramos extremos de la distribución, las profesiones con los salarios más altos y más bajos.

Causas principales

¿Por qué se produce esta polarización ocupacional? La principal causa tiene mucho que ver con los desarrollos tecnológicos. Los lugares de trabajo que desaparecen son los que incluyen tareas sistemáticas y repetitivas (“rutinas”) y que, por lo tanto, fácilmente se pueden automatizar o subcontratar a empresas de otros países con costes salariales más bajos.

Los robots y los cajeros automáticos sustituyen a los trabajadores en las cadenas de montaje de las fábricas y en los bancos y, además, el desarrollo de las tecnologías de la información ha permitido que un gran número de tareas administrativas y de oficina se puedan hacer en las empresas con muchos menos empleados.

En cambio, los trabajos que sobreviven son los que no se pueden automatizar porque no son rutinarios. Estos lugares de trabajo incluyen los que son muy sofisticados (y por tanto muy bien pagados) y exigen una formación elevada para permitir la toma de decisiones de acuerdo con la creatividad y la capacidad analítica del trabajador. Ejemplos de este tipo de trabajos son los de gestores empresariales, médicos, ingenieros o diseñadores. Al mismo tiempo, también hay trabajos poco sofisticados que no son rutinarios y, por lo tanto, más difíciles de automatizar, como servir mesas en un restaurante, hacer las camas en un hotel, despachar en una tienda o limpiar en una oficina, que se sitúan justamente en la franja más baja de la distribución de salarios.

Ahora mismo la principal causa de la desigualdad en el mercado laboral en nuestro país es la desastrosamente elevada tasa de paro. Hay que pensar que, aunque lentamente, la recuperación económica permitirá ir resolviendo este problema. No obstante, la política económica tendrá que estar preparada para hacer frente a las consecuencias de un mercado laboral que, por razones tecnológicas y otras que no podemos analizar aquí, continuará estando muy polarizado y siendo una de las causas principales del declive económico de las clases medias.

Para comenzar, con este panorama es muy probable que haya que repensar a fondo los sistemas educativos y de redistribución de la renta que tenemos ahora y que seguramente no nos servirán en los próximos años.

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