Copas y buenos vinos por menos de 10 euros

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“So why not just relax with wine? Don’t worry about what you know or don’t know. Don’t even worry about what you’re supposed to feel. Just daydream and realease your imagination.” Reading between the wines – Therry Theise

 

Después de más de 2.500 años de historia en Cataluña, todavía nos tenemos que acordar casi a diario de que el vino es para disfrutarlo. Es, sin embargo, un alimento que forma parte de la pirámide de la dieta mediterránea, declarada por la UNESCO Patrimonio Mundial Inmaterial de la Humanidad. Pero todavía se tendrán que escribir muchos libros como el de Therry Theise -que recomiendo encarecidamente- para que lo entendamos. Hace falta romper dos tópicos. El primero, que para beber se tiene que saber del tema. El segundo, que el vino bueno es caro.

He escuchado  decir al sommelier Josep Pitu Roca que “no hace falta orgullo en una botella; se puede beber un vino más sencillo, pero con un mensaje más profundo”. Hay que saber encontrarlo. Por suerte, constantemente hay publicaciones editoriales que nos lo ponen más fácil, así como establecimientos que se han puesto entre ceja y ceja hacer accesible el vino, a un precio justo.

El primero que conocí en Barcelona es la Bodega Bonavista, en el barrio de Gràcia, con el noruego Chris Grennes al mando. “Encontrar un vino bueno a 20 euros es fácil, a 6 es más complicado pero queremos descubrir que la gente joven también trabaja bien el vino en Cataluña”. Tiene un escaparate inmenso con vinos de menos de 10 euros que sorprenden, como Jovani Vins, el despacho abierto en el barrio de Sant Antoni. Aquí, el límite de la estantería de bienvenida son 8 euros. Más de 250 referencias diferenciadas por el precio y la procedencia.

También en Xerigots, con sede central en Vilafranca, han sabido desde el principio segmentar por públics, interés y coste, conocedores del relato que hay detrás de cada botella. “Para vender un vino de más de 20 euros, tiene que haber una historia especial, en el tipo de uva, en la elaboración, en la filosofía de la bodega…”, me dijo un vez Jordi Bertran, el responsable. Lo entendí al probar los vinos de Sicus. Terrers Mediterranis.

La experta en enoturismo Alicia Estrada, con Los 100 mejores vinos por menos de 10 euros; y el sommelier Lluís Romero, con Grans vins a petits preus, hacen una tarea impagable para seleccionar referencis de calidad, a un precio justo. Descubren vinos sincers, honestos, auténticos y, como dice Lluís, con una calidad 10: “Sé que es muy habitual encontrar un número al lado del vino, pero me parece de una crueldad extrema; resumir el trabajo del viticultor y del enólogo en un número se me hace demasiado duro”. Aplaudo su sinceridad y la valentía de aquellos que año tras año publican con puntuaciones, como hace la emblemática Guia dels Vins de Catalunya, de Jordi Alcover y Sílvia Naranjo, que promueve “hacer vinos con vocación de best-seller pero de una sola variedad tradicional o bien de un coupage tradicional”.

Sea cual sea la fuente de referencia que utilicemos, lo que cuenta es la actitud. Libros y expertos invitan a ser curiosos e infieles. En el mundo del vino está permitido. Es más, hay que practicarlo porque el consumo hedónico nos llevará en algún momento al conocimiento técnico. Elegir es un acto de riesgo pero estamos en un momento en el que la comunicación y el vino se tienen que comprometer con el planeta, con las personas, con la historia, y de aquí mi elección de vinos por menos de 10 euros.

Agaliu, un monovarietal de macabeo de la Cooperativa l’Olivera (DO Costers el Segre). Un vino ecológico, con cuerpo y untuosidad, que forma parte de un gran proyecto solidario. Personas con otras capacidades lo hacen posible.

Petit Carlania. Un vino 100% de la variedad trepat, la autóctona de la DO Conca de Barberà. Un vino joven, amable, sincero, afrutado. Honesto como sus elaboradores, Jordi Miró y Sònia Gomà Camps.

El nou de +500. De la Agrupació d’agricultors del Pla de Manlleu, en el Alt Camp, un vino de altura de la variedad Montonega, subvariedad de la parellada. Un vino con marcada acidez y frescor, que demuestra el respeto de los agricultores por la tierra y el desarrollo del territorio.

Vinacotecas andorranas

En Andorra quizá no será fácil encontrarlos, pero tiempo al tiempo, porque las opciones para tomar vino en el país cada vez es más amplia, aunque el precio, por la importación, condiciona.

La visita al 13,5º de Andorra la Vella es imprescindible. Casi una veintena de referencias a copas con los dispensadores Enomatic que conservan un mes las botellas abiertas, si no se acaban antes.

Encontraremos desde el delicado pinot noir de Casa Auvinyà hasta el Dido de Venus y la Universal DO Montsant, pasando por el Sang de Corb de la Bodega Frisach DO Terra Alta. Otra opción es la tasca L’Alternativa, donde se propone “comer y conversar entre vinos, cavas y quesos”. Y el bar Versalles que es un must para tomar tapas con un amplio repertorio de vermuts, como por ejemplo el Yzaguirre de El Morell, la Pomada de Ulldecona, La Quintinye Vermouth Royal de Francia o La Canellese Rosso de Italia.

En Escaldes-Engordany, hay que parar en L’Enoteca para probar “vinos, regiones vinícolas y uva, un poco olvidados o poco comerciales”, como treixadura y la godello, vinos de la DO gallega Monterrey, un Nero d’Avola de Marsala, Sicilia, o un carmenère del Valle de Colchagua de Chile. Reservar tiempo para Marquet Gourmeterie es de sabios. Tienen una colección privada de infarto y opciones de compra variadas, como un Cava Rimarts Reserva Chardonnay del Penedès o un Gosset Grand Millésime.

Allá donde nos dejemos caer, lo más importante es aplicarse la máxima de Therry Theise: “It’s important to have the relationship that comes naturally”. Obviamente habla del vino. Y las relaciones cambian al largo del tiempo, como el vino en la botella.

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